El proceso

 

Nuestro vino se basa en la calidad del fruto, la uva. El proceso se inicia en el momento justo, considerando las variaciones climáticas del año y el momento astrológico idóneo.

Recolectamos diferenciando las parcelas, permitiendo que se conserve el sabor del terruño concreto de cada una de ellas. Gracias a las levaduras autóctonas que hay en la piel del fruto que se conservan intactas, se genera una formidable fermentación del mosto consiguiendo un vino muy complejo de gran concentración.

El paso a la barrica es un punto crucial en la elaboración de nuestro vino. Hay que separar a la madre, que es la uva, del hijo, que es el vino. El nacimiento de este vino joven es calculado y programado teniendo en cuenta factores biodinámicos y astrológicos para que puedan favorecer a su madurez a lo largo del tiempo. En esta etapa, con tiempo y paciencia, conseguimos estabilizar el vino, suavizarlo, redondearlo y que alcance su punto óptimo como alimento saludable.

Cuando ha llegado el momento, se procede al embotellado. En ningún momento de este proceso se realizan rectificaciones, clarificaciones ni filtrados. Del mismo modo, no se produce ningún tipo de batonaje ni traslego. La guarda en botella, cerrada con los corchos naturales de los alcornocales del parque de Sierra Espadán, favorece que el vino siga evolucionando y afinándose. Cada una de las botellas de nuestro vino tiene su propia historia. Y esta historia se conserva desde antes de nacer la uva hasta el embotellado. Cada botella guarda el sabor auténtico y definido de la zona concreta en la que nació: la ladera, valle o colina de origen. Cada una de ellas posee características independientes de las demás.

Comienza entonces, y sólo entonces, su comercialización.

“La cepa, madre de la uva, quiere que su hijo cambie, que se haga vino y lo haga bien. Y sea bueno, quiere verlo madurar, a través del roble, para que después pueda contar toda su historia, como un mensaje embotellado”.